...una fuente natural, mero plato de roca, donde reposaba un agua limpia como jamás vi después, recién nacida de la tierra, donde beber no era zambullirse, donde beber era adorar el agua, un agua filtrada lentamente por las grietas del talud de la ribera, un agua secreta, calma, fresca, inamovible, un agua que yo creía puesta para mi, sorbida como sólo un niño sorbe, como sólo un hombre primitivo sorbe, vinculado aún a un origen, sujetando aún la procedencia, no para sacralizarla, sino para no perderla, sino para llegar lejos, mientras la sed estival acuciaba, como ahora acucia todavía la insaciabilidad que el hombre porta, esa fuente, ese manantial que si no llego a ver pensaría ahora que es mera imaginación, un cuento, una imagen, pero aquello fue, fue y eso le reforzó al niño para el futuro, porque uno cree en un tipo de imágenes principalmente, en las que alguna vez tocaron algo primigenio, las tetas de una madre, la hondura de una cueva ignota, el aguacero que entre truenos y electricidad no le derriban, y es porque el que bebe en esas fuentes vivirá para siempre...
Emocionante tu recuerdo, Fackel. Hay vivencias así en la memoria que no sabemos porqué pero tocan alguna fibra en nosotros y ayudan a configurar nuestra identidad, nuestra alma. De ellas nos nutrimos más adelante. Debemos preservarlas como algo sagrado.
4 comentarios:
Y como el cambio climático siga por el camino que va, dentro de poco besaremos tu boca con ansia y encontraremos sabor a sal...
Maria Jesús, si la esperanza es Copenhague temo que pasaremos mucha sed...
Un abrazo.
...una fuente natural, mero plato de roca, donde reposaba un agua limpia como jamás vi después, recién nacida de la tierra, donde beber no era zambullirse, donde beber era adorar el agua, un agua filtrada lentamente por las grietas del talud de la ribera, un agua secreta, calma, fresca, inamovible, un agua que yo creía puesta para mi, sorbida como sólo un niño sorbe, como sólo un hombre primitivo sorbe, vinculado aún a un origen, sujetando aún la procedencia, no para sacralizarla, sino para no perderla, sino para llegar lejos, mientras la sed estival acuciaba, como ahora acucia todavía la insaciabilidad que el hombre porta, esa fuente, ese manantial que si no llego a ver pensaría ahora que es mera imaginación, un cuento, una imagen, pero aquello fue, fue y eso le reforzó al niño para el futuro, porque uno cree en un tipo de imágenes principalmente, en las que alguna vez tocaron algo primigenio, las tetas de una madre, la hondura de una cueva ignota, el aguacero que entre truenos y electricidad no le derriban, y es porque el que bebe en esas fuentes vivirá para siempre...
Emocionante tu recuerdo, Fackel. Hay vivencias así en la memoria que no sabemos porqué pero tocan alguna fibra en nosotros y ayudan a configurar nuestra identidad, nuestra alma. De ellas nos nutrimos más adelante. Debemos preservarlas como algo sagrado.
Un beso
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