27 de agosto de 2010

Oquedad


Deseo dejar el cuerpo en una roca
(deseo que esté a la orilla de un río)


que un grillo se acomode en mi audición
que los ratones se enreden en mi cabello
que las hormigas tracen venas en mi piel
que la araña teja un velo en mis pestañas


y eso
que ahora gime
engulle, se arrastra
permanezca inmóvil
sólo pelo, piel y huesos
recubriendo una oquedad
sobre una roca a la orilla de un río


9 comentarios:

Isabel Martínez Barquero dijo...

Ay, Rat, me estremeciste.
Hermoso es el poema, pero es pronto para dictar testamentos.
Un beso aterido -a pesar de los cuarenta y tantos grados de esta tierra-, que de pensar en los bichos haciendo de las suyas me da repelús (a mí, que me quemen, como a las brujas).
Un beso lleno de vida que comparte tu vida en plenitud.

Fackel dijo...

Un túmulo abierto, Rat. Me encanta. Como india de las praderas o cual anciana japonesa que asciende a la montaña, no pides rituales humanos. Me fascina ese animismo. No había pensado en ello, pero es posible. Los rituales humanos sacralizan excesivamente el cuerpo muerto (antes acaso no se preocuparon demasiado por el cuerpo vivo) Y piensan posesivamente: obsesiva persecución en retener la ficción de lo inexistente.

Pero eso de depositarse sobre una roca a la orilla del río y sentirse reclamado por otras especies, ¿no reenvía mejor que nada al origen? El origen es siempre la vida, múltiple y entrecruzada, del universo. A veces me pregunto. Ahora que se habla tanto de recuperar a los desaparecidos por la violencia de los hombres, ¿es que acaso no descansan en paz do quiera que estén? ¿Hubieran descansado mejor de haberles enterrado en un cementerio antes a pesar de haber sido víctimas del mismo crimen?

"Deseo dejar el cuerpo en una roca
(deseo que esté a la orilla de un río)"

Canetti no estaría de acuerdo contigo en lo de preparar la muerte, pero seguro que sí en su control y en la decisión de exponerte a las almas de la naturaleza.

Gracias.

Fackel dijo...

Pero también pienso en que puede que no hables de un particular ritual de muerte sino de una exposición de vida. Mis recuerdos infantiles de verano van vinculados a la orilla de un río, a una alameda y a los árboles. Siempre que me despedía para volver a mi ciudad habitual ejecutaba un solitario y personal ejercicio. Me invadía la melancolía, porque me sentía pegado a aquellos parajes y sabía que tenía que abandonarlos. Entonces me echaba sobre la hierba, hundía los dedos en la tierra, desbrozaba el humus, lloraba y gritaba, hasta fuera de mi. Pero el croar de las ranas, el canto de los grillos, el chapoteo de las ratas de agua o el mecer de las ramas no se paralizaba. Eso me reconfortaba y me envolvía en un entrañamiento que me reconfortaba.

Eastriver dijo...

Rat, què maco! No sé si sabes que has utilizado el recurso de diseminación recolección, que tanto gustaba a nuestros barrocos. El poema, no quiero que lo percibas exagerado, pero de los buenos. Y tu sensibilidad, glups, tan a flor de piel, tan madura, tan sosegada... nada de sensiblería. Muy bonito.

AROBOS dijo...

Magnífico poema. La muerte anda muy presente en los versos de todas las literaturas. Es un acontecimiento tan definitivo y radical que lo metemos entre nuestros temas inevitablemente.

tula dijo...

Río de la vida....
un beso.

Sí es lo que parece dijo...

Me gusta, es dulce, pero no empalaga. Es duro, pero no daña. Es triste, pero no deprime.

Bonita fotografía casi tanto como las plabras

Saludos

Stalker dijo...

Es un hermoso poema sobre la lentitud, sobre una forma de morar y de-morarse.

La oquedad, tan necesaria, tan invisibilizada.

un abrazo

Raticulina dijo...

No, no hablo de muerte, aunque tambien podía entenderse así.
Hablo de vida, de una forma de vida,de volver al origen como apuntó Fackel, del río de la vida de Tula, de de-morarse como dice Stalker...
Gracias a todos por comentar.